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     Oyendo estas historias, Caelio fue comprendiendo cómo la vida había cambiado desde la época en que en Gallaecia no había nada más que castros para vivir. Ahora, se daba cuenta de que había más sitios donde la gente se instalaba y trabajaba, esparcidos por el territorio que, desde que él recordaba, formaba parte de un Estado que dirigía desde muy lejos, -desde Roma, en el Mare Nostrum- un emperador que llamaban Diocleciano.
     Pudo comprobar, además, que muchas de las herramientas, de las costumbres y de las formas de vida en el Castro existían desde tiempos muy antiguos, pues su abuelo ya las recordaba de cuando él era niño.